Arica Internacional Nacional Opinion

Haití Cherie

Diego Rivera López, ex Cónsul de Chile en Haití (2011-2013)

 
Sobre el tema migratorio en Chile y, particularmente, sobre el tema haitiano, con el pleno conocimiento de causa que me dan mis casi 3 años viviendo y trabajando en Haití, puedo afirmar con plena propiedad que me consta que el gobierno haitiano y sus gobernantes, NUNCA, pero RE NUNCA se han hecho cargo de sus connacionales, de su gente.

Los gobernantes viven como reyes gracias a las ayudas internacionales, y desde 1804 que no han sido capaces de echar a andar un aparato productivo, ni menos cuidar a sus gente, creando las condiciones mínimas para lograr instalar un sistema de educación, de salud o condiciones dignas de trabajo. Es más, ni siquiera han sido capaces de construir un mínimo sistema de alcantarillado, como lo tiene la ciudad de Santo Domingo en República Dominicana (que está al ladito de Haití) y que data de 1502.

Claramente, lo anterior no sería posible si es que la clase política haitiana, no hubiese contado con la total complicidad de la comunidad internacional, que prefiere mantener a Haití como un estado fallido y como un museo de miseria, y para que sus funcionarios pagados en dólares, vayan a experimentar el “sufrimiento” y practiquen “el cómo hacer creer que hacen mucho, sin hacer nada, para que nada cambie”.

Las Naciones Unidas han estado décadas con fuerzas de paz y de mantenimiento de la paz, las cuales – lamentablemente- no fueron capaces ni siquiera de pavimentar ni un sólo centímetro de calles, ni crear condiciones para un eventual despertar económico o iniciar fuentes laborales. Es más, recuerdo que uno de los “eventos” (u hoyos gigantes) más grandes de Puerto Príncipe, estaba justo en el ingreso del Charly Camp, la sede principal de la Fuerzas de Naciones Unidas (MINUSTAH), y durante los casi 3 años que estuve allá, nunca fue rellenado o asfaltado.

Que fácil sería, si existiera una voluntad real por ayudar a Haití con acciones concretas y no retórica, ni eternas evaluaciones o estudios de prospección de miles de páginas (y pagados en dólares), que no sirven de nada, porque todo lo que hay que hacer está a la vista. Por ejemplo, para empezar, se podría incentivar el asentamiento de empresas extranjeras sin que tengan que pasar por las coimas que te comienzan a cobrar desde que te bajas del avión, ni contar con el “visto bueno” de los intermediarios extranjeros que se autodenominan “Embajadores por el desarrollo de Haití”, y que según se rumorea, trabajan cobrando el 10% de comisión.

Otra de las situaciones que indignan en Haití, es el derroche de dinero a través del financiamiento internacional que se da al parlamento haitiano, el cual – además de su engorrosa y siempre conflictiva elección- adrede demora leyes, evade discusiones políticas, extorsiona al gobierno de turno y no tienen ninguna sensibilidad con el sufrimiento del pueblo que los eligió. A pesar que las cifras son más bien reservadas, se decía en círculos diplomáticos que, hasta el año 2013, un parlamentario haitiano (senador o diputado), podía ganar un sueldo mensual de aproximadamente 8 mil Dólares, y que cada día de viático en el exterior les reportaba un adicional de 300 Dólares diarios a su salario, por lo tanto, no era raro ver a los parlamentarios pulular por las embajadas y misiones internacionales preguntando por invitaciones a conferencias y reuniones en el extranjero, claro que la condición sine qua non era que les financiaran pasaje y estadía, porque sino, no les convenía, porque tendrían que tocar sus 300 Dólares diarios o su jugoso sueldo.

Sin duda, estos montos y acciones no hacen otra cosa que indignarnos, porque como se justifican estos gastos en un país país fallido, cuyo 90% de la población vive con menos de 2 Dólares al día, y donde más del 50% de la población es analfabeta. Por ello, modestamente, creo que – a todas luces- existen necesidades más urgentes que atender con el dinero que se usa para pagar los sueldos millonarios de los parlamentarios o financiarles sus viajes al extranjero. Hago notar que de acuerdo a diversas fuentes de información encontradas, se puede determinar con certeza que – al menos- la mitad de la población haitiana se encuentra en estado de analfabetismo, ubicando a Haití como el país del continente americano con mayor índice de analfabetismo.    

En conversaciones informales, entre funcionarios internacionales y diplomáticos extranjeros, siempre se decía que habría sido más útil para Haití, si se hubiese repartido equitativamente entre la población local, cada centavo que durante décadas la comunidad internacional y la ONU han invertido en ese país, incluyendo los sueldos de los funcionarios internacionales y de los uniformados allí apostados, así como los kilos y kilos de diagnósticos que se han hecho por décadas, ignorando que todo el mundo sabe que hacer en Haití, y dónde y cómo hacerlo, y que sólo se requiere acción y más acción. 

Haití es un paradigma para la democracia, porque todos sus presidentes y políticos, salvo Martelly en cierta manera, no sirven ni han servido para nada, sólo han hecho del gobierno y de la cooperación un botín para enriquecerse. Todos desde 1804 se han caracterizado por tener una insensibilidad equiparable a una piedra. Por lo tanto, creo que lo mejor sería que este tipo de estados fallidos, como Haití, sean administrados por consultoras extranjeras independientes, que estén más allá de la política contingente, y que dediquen sus esfuerzos en echar a andar la economía y resetear el sistema político, incluyendo esperar hasta que una nueva generación de políticos surja, porque está más que probado que con los actuales sólo les espera mas y mas miseria.