prensa 02/07/2020

Diego Rivera López, ex Cónsul de Chile en Atenas, Grecia (1999-2002)

En la mañana del jueves 16 de abril de 2020, mi hijo me contó sobre la partida en España de don Luis Sepúlveda, aquejado del COVID 19. No pude evitar sentir tristeza, por la pérdida de una gran persona, un célebre escritor y – por sobre todo- un gran contador de historias. Esto me motivó para que mi primera acción del día fuese el ir a buscar la copia dedicada por don Luis de “Patagonia Express” que conservo en mi librero y que me ha acompañado por 21 años. 

Conocí a don Luis a fines del siglo pasado en Grecia, en 1999, país donde él se encontraba de gira con su editorial, para el lanzamiento de “El viejo que leía novelas de amor” traducido al idioma griego moderno. Asimismo, don Luis había sido invitado a dar varias charlas en el Instituto Cervantes de Atenas, así como en la facultad de Humanidades de la Universidad de Atenas. Valga la ocasión señalar que todas estas actividades, se desarrollaron con un lleno absoluto (a tablero vuelto), y con gente agolpada en los pasillos y en las afueras de las aulas magnas escuchando las historias de don Luis por altoparlantes.

Durante su visita, tuve la oportunidad de poder conversar varias veces con don Luis, pero sólo una vez – durante una comida frente al Acrópolis- lo pudimos hacer acompañados de unos mostos chilenos. Recuerdo que en esa ocasión, don Luis – antes siquiera de probar el vino- me pidió que por favor le solicitara al garzón que le mostrara la botella, para cerciorarse que era vino chileno, porque o si no, no tomaba. 

Fue entonces que, copa en mano, pudimos conversar sobre la vida, sus historias y sobre uno de sus tópicos favoritos: la polìtica contingente chilena. Eso sí, en ocasiones tuvimos que conversar medio a gritos para salvar el bullicio del resto de los asistentes al lugar del encuentro.

Don Luis me confirmó y se explayó maravillosamente sobre cada una de las idas y venidas de “El viejo que leía novelas de amor” y de sus otros libros. Sus palabras se iban entrelazando con sus diversas aventuras en el Chile de los 70’, el golpe, la dictadura de Pinochet, su tiempo como preso político, las torturas, sus estadías en Ecuador, en la selva, en Europa, en Latinoamérica, en Nicaragua, y en una infinidad de lugares conocidos y desconocidos, pero, por sobre todo, se trataba de historias reales. Afirmándome que, por razones de tiempo y espacio, aún no había podido plasmar todas sus vivencias en letras, pero recalcó que, estaba en proceso de ello.

La magia de sus palabras demostraban el aprecio que tenía por la vida y por las aventuras, y fue así cómo que, a través de don Luis, creo haber podido conocer el verdadero “realismo mágico” que tanto nos caracteriza a los latinoamericanos. Sus palabras eran sinceras y prístinas, sin la más mínima gota de maldad, mala intención, avaricia o “visión de mercado” por vender un libro más o un libro menos, al contrario, vi a un “viejo” que, efectivamente, además de escribir, sí contaba novelas de amor al universo..

Dentro de toda nuestra conversación, en aquella Grecia de fines del siglo XX – con el Euro y los Juegos Olímpicos del centenario ad portas- me llamó la atención los comentarios que hizo sobre su libro Patagonia Express. Me pareció que, más allá de lo fabuloso de los relatos ahí plasmados, se trataba más de un diario de vida escrito en cuidada prosa. Relató que, con el objeto de evitar problemas con los militares chilenos – que aún en los 90’ controlaban, directa o indirectamente, los destinos del país- hubo varios relatos que debió omitir del libro, entre ellos, se refirió con extremo detalle a una investigación que realizó en la zona austral de Chile para Patagonia Express, y que según todas las pruebas reunidas, era cierta.

Don Luis me explicó que se trataba de un “emprendimiento” que desarrollaron varios militares apostados en Tierra del Fuego, con el fin de complementar ingresos. Este emprendimiento se trataba de un criadero de conejos angora y de chinchillas, con el fin de desarrollar una curtiembre y elaborar abrigos de pieles, tan de moda en ciertos círculos sociales del Chile en dictadura. El tema es que, a pesar de la preparación y cuidados dedicados al emprendimiento, los “emprendedores” no contaban con el espíritu aventurero e indomable del conejo patagón, el cual no tardó mucho en arreglárselas para cruzar las rejas y preñar a escondidas a las conejas angoras y chinchillas del criadero.

Por lo tanto, luego de 4 a 5 semanas, y ante la mirada atónita de aquellos emprendedores, fueron naciendo una mezcla diversa de conejos patagones con pelos angora a manchones, de diversos colores, con orejas largas y cortas, y absolutamente ferales. Lo cual significó que todo el emprendimiento se les fuera a las pailas, y que muchos de los uniformados participantes, terminaran siendo el hazmerreír del resto de sus “compañeros de armas” por mucho tiempo. Obviamente, nunca se supo si hubo sanciones o investigaciones, debido a que este tipo de “emprendimientos” son parte de las funciones propias de sus cargos.

Aun me recuerdo de las carcajadas de don Luis al contar esta historia, y de cómo la propia naturaleza se había encargado de arruinarles el negocio a estos emprendedores uniformados. La naturaleza no perdona, es muy justa. Frase que puede ser vista como premonitoria a la luz del COVID 19, que terminó provocándole la muerte a don Luis, a 21 años de nuestro encuentro ateniense.

Entre los varios temas conversados, don Luis también habló – casi premonitoriamente- sobre las deficiencias y sus desiluciones sobre el proceso del retorno a la democracia en Chile iniciado en 1990. Don Luis – entre otras muchas cosas sobre el tema- me manifestó que no podía entender – ni yo tampoco- cómo era posible que civiles y uniformados que eran autores y cómplices de violaciones a los derechos humanos en dictadura, aún siguieran activos y trabajando para el Estado, y porque no eran tocados ni por la justicia, ni por el poder político. Don Luis me habló de una “democracia subyugada a Pinochet”, y de cómo los gobiernos democráticos eran cómplices pasivos de una democracia protegida.

Pero, lo que más me llegó y que tiene validez aún hoy en 2020, es que él no le creía nada ni a los uniformados, ni a la derecha, porque estaba convencido que si habían sido capaces de justificar y  lanzar al mar gente amarrada a rieles de tren desde helicópteros, y que si habían torturado y matado sin piedad a personas desarmadas, mujeres embarazadas y a niños, bien podrían ser capaces de hacer cualquier cosa con tal de lograr sus objetivos y ocultar sus crímenes. Ejemplos al respecto sobran incluso en el siglo XXI (Milicigate, Pacogate, asesinato del Cabo Morales, etc.).    

Esa noche de larga conversación de fin de siglo, frente al Acrópolis ateniense, pude confirmar – en vivo y en directo- los compromisos de vida de don Luis, aquellos que sin miedo siempre plasmaba en sus escritos, conferencias, entrevistas y conversaciones, y que se referían a la construcción de una sociedad justa, con libertad de pensamiento y expresión, con educación y cultura para todos, y donde la política fuera un instrumento para lograrlos.

Tengo claro que a pesar de su ausencia física, siempre seremos muchos los que seguiremos visualizando un mundo mejor a través de sus relatos e historias de amor por la vida. 

“Vas a volar. Todo el cielo será tuyo”. Buen viaje don Luis.

Total Page Visits: 27 - Today Page Visits: 1